jueves, 15 de junio de 2017

poema tonto sobre un pez Golden vulgar

Mi madre me regaló tres peces,
para que no me sintiera tan sola

                             (a mí, que me gusta sentirme sola
                                            y por eso escogí vivir sola
                                            y lo disfruto tanto o más que el sexo en invierno).

Ahora solo queda uno. Queda el más feo, el más listo, 
el que desde el segundo día se acercaba rápido al borde de la pecera
al adivinar mi forma tras el espejo de agua que nos separa.
Siempre tuvo claro que yo soy la dispensadora de comida,
que me necesita para subsistir. 

No le hablo. No me habla. 
Le doy comida e intenta cazar mi mano,
como si fuera una suerte de presa fantasmal.
Supongo que al final siempre se conforma con las bolitas naranjas de pajarería
que compro para peces Golden. Supongo que me hace compañía. 
Supongo que mi madre llevaba razón, que se equivocaba a la vez. 

Tan solo es un corazón frío que late bajito
rodeado de escamas agrupadas en forma de pera.

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