miércoles, 16 de noviembre de 2016

Un poeta decide suicidarse

Está encerrado.
Está encerrado y no sabe salir.

El poeta abrió los ojos ese día con una idea fija,
tan clara y firme, que le provocaba un placer cálido
cada vez que la reseguía con la mente:
esa misma noche, cuando las agujas se uniesen,
acabaría con todo,
liberaría por fin todos esos demonios que
le dificultaban la respiración, el pensamiento.

Con esta determinación pasó el día, feliz,
despidiéndose del aire, el asfalto, los vecinos. 

Hacia las ocho y media, tomó lápiz y papel
para dejar atrás unas palabras bellas,
un porqué para sus seres queridos.

Pero la sintaxis se le resistía,
y los minutos pasaban y no conseguía cerrar
la puta nota de suicidio.
Y borraba, tachaba, borraba, volvía a tachar.
Y nada.

Las palabras estaban bien pero 
la estructura, las comas, los espacios...
Todos se habían rebelado en su contra.
Y tocaron las 12 y seguía latiendo,
su pescuezo no colgaba de una cuerda firme de nudos hermosos.

Frustrado, cansado y triste, abandonó el papel, 
se fue a la cama.

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