lunes, 3 de octubre de 2016

Tarantada

Silenciosa como el fuego,
una tarántula peluda bosteza
en el interior de mi garganta. 
Abre las patas de noche, de madrugada, y yo
me levanto como una loca 
en busca de un espejo que me deje ver,
desde fuera,
esos bultos en movimiento.
Palpo y aprieto. 
Aprieto con fuerza.

Hace días que me acompaña,
que me roba el grito.
No parece que tenga ganas de marcharse.
Ahora mi silencio gutural
es su hogar, 
cálido y húmedo:
un útero amueblado a todo confort
para que descanse, se alimente, críe.

Poderosa como el fuego,
la tarántula es más inteligente que yo.
Limita el paso del aire en mi 
laringe con su cuerpo atravesado:
lo suficiente para torturarme,
hacer del tiempo una losa pesada sobre el pecho;
lo suficiente para no acabar 
con la tortura de seguir
respirando.

Ni bailes, ni rituales.
Tarantada quedaré 
hasta el fin 
                     de sus noches,
mis noches,
nuestras noches.

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