viernes, 24 de junio de 2016

La vieja de la silla

Me compadezco entre líneas:
yo y mi tristeza,
yo y mi angustia,
yo y mi soledad.
Y junto a mí, en esta cafetería anónima,
aparcan a una anciana
que necesita de tubos insolentes
tubos desvergonzados
para respirar
seguir latiendo.

Lleva un turbante de colores,
una túnica muy negra,
que me hacen pensar que fue alguien vivo,
en otro tiempo.
Ahora resiste dentro.
Seguramente esta mañana, como todas,
necesitó que la lavaran, la vistieran,
le pusieran el bocado en la boca.
La silueta de ceniza,
abraza a cada momento su último aliento,
avista Pompeya desde las sábanas,
siempre frías.
Los párpados, la vida,
pesan.
Su dolor es mi alivio egoísta,
su sombra, mi luz.

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