sábado, 5 de diciembre de 2015

Las hijas de las brujas quemadas

Intenté borrar mis huellas
dactilares
contra la corteza de un árbol
milenario.
Conseguí que la sangre 
de los dedos
se fundiera con la savia 
de las venas silvestres;
suficiente para perderme 
entre células verdes y dejar
la conciencia 
en las manos de todas aquellas brujas
que fueron quemadas
aquí
aquí.


Ellas me miran mientras sufro
y se quiebran conmigo
desde arriba, desde el humo
que las vio perecer ante la ignorancia 
de otros.

En pleno éxtasis, las yemas
siguen ofreciendo glóbulos rojos
a la Madre Clorofila,
que me devuelve las pulsaciones perdidas,
las flores, a las mejillas.
Ahora mi cuerpo desnudo
parece encontrar un hogar
en las fotografías salvajes de Mai:
el bosque es nuestro
de nuevo
porque somos lobas, 
¡zorras libres!
que aullamos cuando la luna nos abriga,
nos ilumina con su manto. 

El susurro que oyes 
es un conjuro violeta 
que nace de los cérvix doloridos
que no pudieron ser,
no pudieron amar.


Bailamos en su honor,
oramos en su honor,
cantamos en su honor,
matamos en su honor,
callamos en su honor.







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